Pbro. José Carlos Chávez
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1 de noviembre de 2025
Carta a Mons. Luis Carlos Lerma Martínez, en ocasión de su elección como Obispo de la Diócesis de Nuevo Laredo

Querido hermano en el sacerdocio:
En el clima de silencio y gracia de sus Ejercicios Espirituales, y a las puertas de su ordenación episcopal, me permito enviarle estas líneas como un texto para la meditación. No pretenden añadir ruido, sino ofrecer un hilo conductor: una conversión pastoral del episcopado que dé armonía a todo el ministerio que está por recibir.
El Papa Francisco lo expresa con una frase que vale como brújula: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo” (EG 27). Por eso, lo que sigue no son “temas sueltos”, sino doce pasajes: doce maneras de decir “Señor, conviérteme”, pasando de un modo de ejercer el pastoreo a otro modo más evangélico, más eclesial, más misionero. Doce, como número apostólico: para que el episcopado se viva siempre en clave de envío y de comunión.
Le comparto estos doce movimientos como quien coloca doce “piedras” para el discernimiento: cada una puede convertirse en oración, examen, intercesión y decisión.
De la improvisación a una pastoral planificada.
«Se sienta primero a calcular» (Lc 14,28)
Es necesario pasar de una pastoral improvisada a una pastoral pensada y organizada. De una lógica meramente administrativa a un auténtico «estado permanente de misión» (DA 201), presente en cada una de las regiones de la diócesis. No se trata de responder únicamente a las urgencias, sino de discernir, priorizar y sostener un rumbo evangelizador. Planificar no significa apagar la acción del Espíritu, sino más bien ofrecerle cauces y estructuras, de modo que la misión no dependa del impulso momentáneo, sino de la fidelidad al Evangelio. «No podemos quedarnos tranquilos… en una pastoral de mera conservación» (EG 25).
De la burocracia a una sana descentralización
«Así aligerarás tu carga» (Ex 18,22)
No se debe esperar que el obispo tenga la última palabra sobre todas las cuestiones que afectan a la diócesis. La centralización excesiva complica y paraliza. El obispo no debe resolverlo todo, sino convocar, discernir y enviar. Su misión es crear las condiciones para que los carismas respiren y fructifiquen. Moisés aprende a delegar; en esa línea, se puede avanzar hacia una «saludable descentralización» (EG 16).
Del individualismo a la participación eclesial.
«Ustedes son el Cuerpo de Cristo» (1 Co 12,27)
Tanto en la vida cristiana como en el ejercicio pastoral, el individualismo representa una tentación persistente: cada quien «a su modo», cada grupo «a lo suyo». Pero la Iglesia no es una suma de iniciativas, sino un Cuerpo vivo. Se hace imprescindible profundizar en la participación de los laicos en la pastoral de conjunto, especialmente la inclusión social de los pobres y la participación del genio femenino en todas las expresiones de la vida social. (EG 103, 185)
De la dispersión a la articulación pastoral.
«Bien cohesionado y unido por medio de sus ligamentos» (Ef 4,16)
No basta con realizar muchas acciones pastorales, pero inconexas; es preciso articularlas para que la misión sea ligada, sostenible y verdaderamente eclesial. Articular no significa uniformar: es integrar carismas, ordenarlos en comunión, y orientarlos bajo un mismo horizonte misionero. Diversidad, sí, pero armonizada con vínculos y dirección. ¡Tantos movimientos, grupos y comunidades viven «nómadas», sin raíces, necesitados de ser articulados dentro de una pastoral orgánica! (EG 29).
De la uniformidad a la armonía.
«Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu» (1 Co 12,4)
¡Cuánto necesita aprender nuestra Iglesia a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos! (FT100). El paso no es hacia la homogeneidad pastoral, sino hacia la armonía. No se trata de imponer moldes, sino de reconciliar diferencias. La uniformidad es fácil, pero la armonía es verdaderamente evangélica. La primera aplasta diferencias; la segunda las reconcilia. «La unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades». «Unidad en la Trinidad, Trinidad en la Unidad, porque la unidad sin multiplicidad es tiranía, la multiplicidad sin unidad es desintegración.» Leon XVI
De eventos a procesos.
«La semilla… germina y crece sin que él sepa cómo» (Mc 4,27)
Los eventos pueden entusiasmar, pero solo los procesos transforman. Hoy urge priorizar los procesos evangelizadores sobre los eventos aislados. Es necesario «darle prioridad al tiempo, ocupándose de iniciar procesos más que de dominar espacios de poder» (EG 223).
Sin enloquecerse por tener todo resuelto en el presente, donde la ansiedad de controlarlo todo da paso a la «paciencia del sembrador» (St 5,7), que acompaña los ritmos prolongados de los procesos pastorales.
Del paralelismo a la pastoral de conjunto.
«Unánimes, luchando juntos por la fe del Evangelio» (Flp 1,27)
El trabajo pastoral en paralelo —con agendas duplicadas, lenguajes desconectados y esfuerzos dispersos— termina agotando a la Iglesia. Por ello, se requiere con urgencia una pastoral de conjunto, que testimonie una sola misión, donde toda estructura eclesial sea un «cauce eficaz para la evangelización y no para la mera autopreservación». (EG 27). Esta conversión estructural es, en el fondo, una conversión a la comunión.
Del autoritarismo a la sinodalidad
«Se levantó de la mesa, se quitó el manto… y comenzó a lavar» (Jn 13,5)
El autoritarismo busca controlar; la sinodalidad, en cambio, promueve la comunión, la participación y la misión. Jesús desarmó la lógica del poder lavando los pies a sus discípulos, enseñando que la verdadera autoridad es el servicio.
Servir es un acto profundamente sinodal: caminar junto al Pueblo de Dios, no por encima de él. El obispo que sabe involucrarse, que acorta distancias y se abaja, aprende a escuchar a Cristo en el corazón del pueblo.
Del inmovilismo a la creatividad
«Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5)
Del “siempre se ha hecho así” a la creatividad misionera. La fidelidad no puede confundirse con la inmovilidad. Dios siempre abre caminos nuevos: «Voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?» (Is 43,19). Las parroquias, lejos de ser estructuras obsoletas, tienen una gran plasticidad. Requieren pastores que sepan discernir la creatividad del Pueblo de Dios, para adaptarse y renovarse constantemente frente a los desafíos del tiempo. Así, podrán dejar de ser meras prestadoras de servicios religiosos y convertirse en una auténtica «comunidad de comunidades», como propone el horizonte de Aparecida. La creatividad verdadera nace de la oración y del amor concreto al pueblo, no del capricho.
De lo cuantitativo a lo cualitativo.
«Mi Padre recibe gloria cuando producen mucho fruto» (Jn 15,8)
Pasar de medir solo números a discernir frutos. No todo lo que se cuenta edifica; y no todo lo que edifica se cuenta. Cristo no pide estadísticas, sino fruto. Los números son inmediatos; los frutos son lentos, humildes y silenciosos. Lo esencial en la pastoral es discernir lo que da vida verdadera.
De las periferias al centro.
«Acordarnos de los pobres» (Gal 2,10)
Pasar de una diócesis organizada alrededor de los “centrados” a una cuyo corazón late donde duele la vida. No se trata de una estrategia, sino de una convicción teológica: Dios habita en los márgenes: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos, a mí me lo hicisteis». (Mt. 25, 31-46). Por eso, somos convocados a «llegar a todas las periferias» (EG 20).
Cuando las periferias entran en el centro del corazón del pastor, la diócesis aprende el estilo de Jesús.
De la autorreferencialidad a la salida misionera
«Vayan y hagan discípulos» (Mt 28,19)
Que el episcopado no se entienda como custodia de un centro que se defiende, sino como impulso de una Iglesia que sale, busca, se expone y vuelve con los rostros concretos del pueblo en el corazón. «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir… antes que una Iglesia enferma por el encierro…» (EG 49).
Querido Monseñor:
Reciba estas doce conversiones, que son también expresión de mis convicciones pastorales. Le invito a acogerlas en su ministerio episcopal evocando aquellas doce piedras que Josué mandó sacar del río Jordán, para ser llevadas sobre los hombros hacia la tierra nueva donde habría de acampar (cf. Jos 4,1-9).
Que así también estas doce piedras le acompañen en su nueva encomienda como «memorial» de una Iglesia que se atreve a cruzar el umbral del miedo a la misión permanente, de la inmovilidad al paso pascual. Piedras de camino, piedras de promesa, piedras de Pascua: signo de una Iglesia que camina, avanza y peregrina, sostenida por la fidelidad del Señor.
Cuente con mi oración y cariño
Fraternalmente en Cristo, su alumno, amigo, hermano y servidor
Pbro. José Carlos Chávez Arias
Parroquia San Felipe Apóstol, Chihuahua.
Jueves después de la Epifanía.
Anno Domini MMXXVI