Pbro. José Carlos Chávez

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1 de noviembre de 2025

Más casa y menos cueva

Hoy celebramos la presentación de la Virgen María en el templo, justamente el Evangelio de hoy nos muestra a Jesús entrando en ese mismo templo en el que Jesus echa fuera a los que vendían y compraban. Jesús, al purificar el templo, también quiso purificar la vida de cada uno. Por el bautismo somos piedras vivas del templo de la Iglesia y miembros del cuerpo mistico de Cristo; por eso, cuando Él dice: «Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones», también está hablando de nuestro corazón.

Y ahí nace la pregunta incómoda:

¿Mi vida es casa o es cueva?

La casa evoca generosidad, compartir, apertura. Es el lugar donde hay mesa, ternura, familia, confianza.

La cueva representa esconderse: egoísmo, exclusión, apartarse de los demás.

Los dos son refugios… pero uno es refugio de vida y el otro de muerte.

¿Mi corazón es casa o cueva?

¿Vivo la vida con generosidad o con egoísmo?

¿Está mi corazón abierto como casa o cerrado como cueva?

¿Y mi participación en la parroquia?

¿Busco privilegios, prestigio, apariencias, beneficios… o busco servir, orar, salir en misión?

¿Con qué intención vengo al templo?

!Cuidado con quienes buscan monetizar la fe!

Frente a Dios podemos ser orantes o ladrones:

El orante busca el encuentro con Dios; el ladrón se busca a sí mismo. El proyecto de mi vida, ¿es encontrarme con Dios o con el lucro? La oración nos pone en contacto con el pueblo, con los demás; la idolatría del dinero nos vuelve indiferentes.

¿A quién va dirigido mi culto: al becerro de oro o al Cordero de Dios?

El dinero se vuelve ídolo cuando le entrego el corazón. Jesús es claro: no se puede servir al ídolo dinero y al Dios viviente. Detrás de la corrupción, de la evasión fiscal egoísta, hay un afán de poder y de tener que no conoce límites. Las caracteristicas de nuestra sociedad materialista, consumista e individualista son también los razgos de un ladrón. No hagamos de nuestro corazón una cueva de avaricia. Preguntémonos hoy:

¿Qué tiene que echar fuera Cristo de mi corazón?

Pidamos la gracia de ser más casa y menos cueva: que nuestra parroquia sea casas de oración, de fraternidad y de ternura, donde nos reconozcamos y nos tratemos como hermanos de una misma familia.

Que María nos enseñe a “hacer casa” nuestro corazón para su Hijo.