Pbro. José Carlos Chávez

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1 de abril de 2025

Más que algoritmos: la inteligencia como vocación de servicio

La verdadera inteligencia no se mide por la acumulación de datos, sino por el grado de caridad y compromiso con el bien común.


Recientemente, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación han publicado la nota Antiqua et Nova (AN), un documento que aborda la compleja relación entre la inteligencia artificial (IA) y la inteligencia humana. Entre los muchos puntos interesantes que propone, me detengo a subrayar que la inteligencia no debe reducirse a una mera capacidad de procesar información, sino que debe estar orientada al servicio del bien común y la promoción de la dignidad humana (AN 1)

En la era digital, donde el acceso a la información es inmediato y la acumulación de datos parece ser sinónimo de conocimiento, recordemos que la verdadera inteligencia no se reduce a la capacidad de procesar información, sino que se manifiesta en la capacidad de amar, de actuar con caridad y de comprometerse con el bien común. La acumulación de datos sin un propósito ético solo genera sociedades más fragmentadas y deshumanizadas.

El desarrollo de la inteligencia artificial ha traído consigo grandes avances en diversos campos, desde la medicina hasta la educación, pero también plantea desafíos éticos importantes (AN 15). Antiqua et Nova advierte sobre la tendencia a considerar la IA como un sustituto de la inteligencia humana. La IA puede procesar datos, analizar patrones y ofrecer soluciones eficientes, pero carece de conciencia, libre albedrío y, sobre todo, de amor (AN 19). Como señala el documento: «La verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad» (AN 58).

El riesgo de delegar decisiones fundamentales a algoritmos sin consideraciones éticas o humanas es un peligro que la Iglesia invita a discernir (AN 21). La tecnología, en lugar de suplantar la inteligencia humana, debe ser una herramienta al servicio del desarrollo integral de las personas (AN 22). Antiqua et Nova enfatiza: “La IA sólo debe utilizarse como una herramienta complementaria de la inteligencia humana y no sustituir su riqueza” (AN 112).

La Iglesia, en su reflexión sobre la IA, sostiene que el conocimiento adquiere su sentido pleno solo cuando está orientado al bien. La capacidad de razonar y crear, atributos propios del ser humano, han sido conferidos por Dios no solo para el desarrollo individual, sino para el servicio de la humanidad.

En palabras del Papa Francisco, la inteligencia debe estar guiada por la “sabiduría del corazón”, que no solo busca entender, sino también amar y servir (AN 49). Esta verdadera sabiduría se manifiesta en la capacidad de construir lazos de solidaridad. Por ello, la caridad es la expresión más alta de la inteligencia. Como nos recuerda San Pablo: “Si no tengo amor, nada soy” (1 Cor 13,2).

No es el conocimiento lo que nos hace verdaderamente humanos, sino la capacidad de amar, de perdonar y de actuar con justicia. Recordemos que “lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen” (AN 116). 

El reto de nuestro tiempo no es solo cómo avanzar en el desarrollo tecnológico, sino cómo garantizar que tambien desarrollemos nuestra capacidad de amar, de ser solidarios, de custodiar nuestra casa comun, de respetar la dignidad humana. 

La Doctrina Social de la Iglesia nos orienta a que toda forma de inteligencia artificial no esté orientada al dominio ni a la acumulación de poder, sino al servicio, especialmente de los más vulnerables. La tecnología no debe alejarnos de nuestra humanidad, sino ayudarnos a ser más humanos, favoreciendo el encuentro, la justicia y la solidaridad.

La inteligencia auténtica no se mide en terabytes ni en algoritmos sofisticados, sino en la capacidad de comprometernos con el bien de los demás. La IA puede ayudarnos en muchos aspectos, pero nunca podrá reemplazar la riqueza de una inteligencia que sabe amar, que sabe servir y que sabe construir una sociedad más justa y fraterna.

Siguiendo el llamado de Antiqua et Nova, estamos llamados a discernir cómo hacer un uso responsable de la tecnología, asegurando que la inteligencia, en todas sus formas, sea siempre una expresión de la caridad y del compromiso con el bien común.